Por Julián Serulle.
Un día del mes de septiembre de 1964 llegué a Santiago procedente de un pequeño pueblo (para ese entonces) llevaba por nombre Fantino, municipio de la Provincia Juan Sánchez Ramírez, con el interés de cursar mis estudios de Derecho y en un tiempo no muy lejano, sentir el orgullo de ser abogado.
La emoción por tocar la puerta del aula donde me encontraría con quienes serían mis compañeros y compañeras durante los cinco años a recorrer y conocer al primer profesor en busca de escuchar las palabras que de una forma u otra pasarían a influir en el andar de mi vida profesional no se hizo esperar.
Ese día llegó. Me encontré con la presencia de jóvenes que inspiraban bondades, anhelos y sentimientos en busca de ese futuro que nos alimenta en pos de andar con la fuerza necesaria que necesita todo gran gladiador. Encontrándome rodeado de ese rico material humano y la inspiración que nos otorga la Naturaleza como regalo divino, me colocó ante un pasaje que pasaría a constituirse en el ejemplo que impactaría la vida de un jovenzuelo de 18 años y, que sería el inicio en el trayecto de moldear mi vida para lo que más luego sería el abogado. Es la presencia del primer catedrático que llegó al aula.
Resultó que era un hombre de edad madura, de tamaño normal, la tez trigueña, y, al observar sus primeros pasos y escuchar el timbre en su voz, que balbuceaban las primeras palabras del derecho, sentí la impresión de que me encontraba ante un ser que, no obstante la humildad que irradiaba, se imponía la personalidad tierna convertida en un ser humano. Recuerdo sus primeros pasos entrecortados con movimientos suaves, la voz pausada, acompañada por la brisa tierna que solía introducirse y chocar con el cuerpo de cada estudiante. El conjunto de estos elementos hacía pensar que nos encontrábamos ante un ser que simbolizaba a los sabios del ayer. No obstante, por encima de todo, estaba el ser humano: PORFIRIO FRANCISCO VERAS, cariñosamente DON LILO.
Don Lilo se constituyó en el catedrático por excelencia. La experiencia acumulada en la vida pública en la parte burocrática o como integrante del poder judicial aunado al ejercicio privado hacía permisible que los principios del derecho fueran presentados con la fluidez y el pragmatismo que nos hicieran vivir en la fuente que alimenta las contradicciones que dan lugar a la búsqueda de las respuestas objetivas que servirán de base en el andar de todo futuro abogado.
Nos dió Introducción al Derecho. Nos presentó y habló sobre el concepto del derecho, sus principios y la justicia, su relación con otras disciplinas, sin dejar de lado los fundamentos y fines del derecho.
Al referirse a los fines individuales nos encontramos con la seguridad de las personas y de los bienes; sin dejar de lado los fines colectivos. No podía imaginarme las complejidades que se presentan en la división del derecho; sin embargo, don Lilo nos hacía razonar en pos de encontrarnos en el mundo del derecho privado y aprender a introducirnos en el campo del derecho público, sin olvidar lo general, es decir, la procedencia de cada institución, en este caso, el derecho internacional.
Don Lilo, fue un enamorado y fiel exponente del Principio del Imperio de la Ley; nos transmitió su fuerza, nos hizo recordar el principio de que nadie, absolutamente nadie, está por encima de la ley. Las palabras justicia y solidaridad se encontraban a flor de labios en el desarrollo de cada una de sus cátedras; nos motivaba a que fuéramos abanderados de la justicia y ser solidarios con los desposeídos. Su vida fue la del hombre humilde, honesto y radiante en la dignidad.
Nos hablaba del abogado, su importancia, su papel: nos hacía recordar la grandeza de los juristas, jurisconsultos y oradores del Imperio Romano, de aquellos conocedores del derecho que se constituyeron en protagonistas en la tarea de alimentar la independencia de las trece colonias norteamericanas y de los propulsores de la Revolución Francesa como de todos aquellos hombres y mujeres que en el andar de la vida arroparon los principios del derecho en pos de ponerlos al servicio de los pueblos del mundo, en consonancia con las ideas transformadoras de las estructuras arcaicas y que fueron forjadores de la lucha de lo nuevo contra lo viejo.
Nos recordaba expresiones de don Angel Ossorio en su obra inmortal “EL ALMA DE LA TOGA,” al referirse a la voluntad inquebrantable de todo abogado de enamorarse y apegarse al ejercicio de su profesión sin importarle las vicisitudes que pudieran presentárseles en el andar de su vida profesional, citamos: “Por último, hemos de afrontar constantemente el peso de la injusticia. Injusticia hoy en el resultado de un concierto donde pudo más la fuerza que la equidad; injusticia mañana en un fallo torpe; injusticia otro día en el cliente desagradecido o insensato; injusticia a toda hora en la crítica apasionada o ciega; injusticia posible siempre en lo que, con graciosa causticidad llamaba Don Francisco Silvela “el majestuoso y respetable azar de la justicia humana”…En cuanto estas injusticias nos preocupen, perderemos la brújula para lo porvenir o caeremos rendidos por una sensación de asco”.
-Don Lilo, agregaba: “mis hijos, deben saber de una vez por todas y en cada momento de su ejercicio, que hacer justicia o pedirla –cuando se procede de buena fe, es lo mismo- constituye la obra más íntima, más espiritual, más inefable del hombre. En la abogacía actúa el alma sola, porque cuanto se hace es obra de la conciencia y nada más que de ella”.
Bajo el manto de esos principios obtuve el título de licenciado en Derecho; sin embargo, mis sueños no se quedaban en el simple título. Por encima de todo, anhelaba ser abogado, o sea, ejercer la profesión de manera permanente; tener el valor de esculpir la rectitud de la conciencia que es mil veces más importante que el tesoro de los conocimientos. Tal como dice don Angel Ossorio, “el abogado debe tener por norte primero: ser bueno; luego, ser firme; después, ser prudente; la ilustración viene en cuarto lugar; la pericia, en el último.
Hoy debo reconocer que, en gran medida, estos elementos que acabo de presentar y que se constituyen en el Norte de un abogado, empecé a cultivarlos bajo la tutela de don Lilo, pues para el mes de marzo de 1971, a mi regreso de París, capital de Francia, y luego de haber realizado estudios de la especialidad de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social, fui recibido como integrante de su bufete, donde adjunto a su hija Olga Veras, empecé a conocer las interioridades que se presentan en el ejercicio profesional.
Con él aprendí el sentido del deber, las obligaciones para consigo y los demás, la disciplina a regular la vida de un abogado, la paciencia en el estudio de los casos, la metodología a seguir en la descomposición del problema presentado; el tacto y la bondad a expresar para cada cliente, jamás practicar la discriminación o la exclusión ante el cliente que toque la puerta del abogado, sin importar que desempeñe el oficio de barrendero o de empresario; sin importar que sea el analfabeto o el gran académico; jamás mentir por obtener la moneda que violente los principios que deben engalanar la dignidad en el abogado.
Don Lilo, era el primero en llegar a su modesta oficina; el primero en la búsqueda de las interrogantes que presentaba cada expediente; en el silencio del transcurrir de las horas pasaba a requerir que se escudriñara en los libros las respuestas que parecían no estar a nuestro alcance.
Me inculcaba y me decía “Serullito (tal como solía llamarme): si tú comienzas con la actitud necesaria, madurarás en cada rasgo de la personalidad y el carácter que debe poseer un buen abogado litigante”. Acostumbraba a decirme: “mi hijo, el hombre, cualquiera que sea su oficio, debe fiarse principalmente de sí. La fuerza que en sí mismo no halle no la encontrará en parte alguna”.
Observando a don Lilo en su diario batallar, con su birrete y toga a la mano a los 70 y otros años por caer y recorriendo los estrados desde el accionar en lo civil como en la jurisdicción de tierra o en el escenario de lo penal, llegaba a mi mente cuán largo y duro sería mi camino como abogado si seguía su ejemplo en litigar o formular contratos o dar consultas en el marco de la honradez y la lealtad; de ahí en adelante pude comprender que la abogacía descansa en sutilísimos y quebradizos estados psicológicos que no figuran en ninguna asignatura ni se enseñan en las aulas. Por todas partes os explicarán lo que es el sistema corporativo, las intríngulis del nuevo Código de Procedimiento Penal, los principios que envuelven el derecho de las nuevas tecnologías y telecomunicaciones, las incógnitas del derecho marítimo como de los mercados financieros o el de la tutela; sin embargo, la función social del Abogado, las tribulaciones de su conciencia, sus múltiples y heterogéneas obligaciones, la coordinación de sus deberes, a veces antagónicos, se constituyen para el principiante en un enigma y nadie se cuida de despejárselo.
En cuanto a mi persona, hoy debo reconocer la suerte que la vida me brindó al pasar unos seis meses al lado de este hombre que hizo del ejercicio del derecho su diario vivir y su razón de ser; siguió siendo mi fuente de consulta hasta el día en que cerró sus ojos. Hoy, él sigue despierto ante mí, lo veo y lo escucho.
De ahí que, busco poner en práctica sus enseñanzas, razón por la cual, llego a la conclusión que si uno comienza correctamente y trabaja duro, su vida le exigirá mucho, pero nunca será monótona y si a veces es difícil, por lo general le dará muchas recompensas y se constituirá en una fuente de confianza duradera y de satisfacción personal. Aquí cabe parafrasear a F. Lee Bailey, cuando nos dice: “a medida que los años pasan y que se logran las metas de reconocimiento profesional y seguridad económica, la mayoría de los hombres vuelven los ojos hacia atrás para ver qué beneficios les han dado a sus semejantes. Los buenos abogados litigantes que llegan a este peldaño de su carrera por lo general tienen buenos motivos para sentirse contentos, porque son ellos los guardianes y administradores del bien más valioso que ofrece la sociedad a sus miembros: la justicia sin violencia, sin ultraje y sin engaño”.
Don Lilo: deseo y anhelo una vez más pedir a Ud., titán de la honradez y forjador de generaciones, que siga siendo mi maestro, que siga siendo aquel catedrático y mentor que un día de septiembre de 1964 conocí en una de las aulas del Politécnico Femenino de Santiago, donde operaba la Universidad en la que cursé mis estudios de derecho.
Gracias, don Lilo.
Hasta siempre.